Me agarro a la desesperanza, a la soledad, al bucle paranoico en el que se ha convertido mi vida.
Me imagino los caminos, el futuro, el presente, huele a muerte y a sal.
Me pregunto cuando escribiré sobre lo bonito del amor, cuando escribiré sobre mirarse al espejo y sonreir.
Me aburro de esto y sé que todo está en mí, me levanto de un salto ¡Hoy es mi día! pero otro tropiezo y otro ¿Quién ata los cordones de mis zapatos?
Soy tan débil...
Y me asusto, me paralizo, pienso en el principio de todo esto, quizá fue cuando la sangre salía a borbotones de mi garganta, cuando los monstruos comenzaron a hacerme visitas nocturnas.
Quizá es un poco vergonzoso tener miedo a la oscuridad a estas alturas... pero no se trata de eso, la soledad en oscuridad no da miedo, lo que asusta es el escalofrío que te entra por los pies, los gritos atronadores de gargantas rompiéndose, el atroz engendro que se sienta en la silla a dar vueltas toda la noche. Ya le conozco y no me asusta, pero no me deja dormir, y cada noche vienen visitas nuevas a mi cuarto.
Quizá espero una señal del cielo, algo que me ayude a ir hacia delante, soy demasiado cobarde como para plantar cara a esta guerra disfrazada de paz con la que me enfrento.
Soy la manzana envenenada que quiso acabar con Blancanieves.
Y llegando a un intento de conclusión, sólo espero que las comisuras de mi boca me ayuden a sonreir.
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