domingo, 2 de enero de 2011

La princesa que creía en feroces dragones.

La joven se quedo sentada, esperando en aquel viejo café, ese que está en la calle por donde siempre pasa, la esquina que siempre se queda mirando, sentada en su mesa, la que está al lado de la ventana.
Llevaba un vestido azul, ese tan alegre que se pone los días melancólicos, llevaba el pelo suelto, sin maquillar, sólo lucía esa bella sonrisa que decora su rostro como si fuera un rayo de sol después de años de oscuridad.
- Un café con muy poco café, con la leche caliente pero no tan caliente y un sobre de azúcar, mejor que sean dos. Gracias.
Miraba a la gente fuera del bar, dentro del bar, no quería levantarse nunca de esa silla, parecía ansiosa, como si estuviera esperando a alguien, esperaba y espero como se espera al príncipe azul, lo imaginaba bajando de la carroza, con un ramo de flores blancas.
Comenzó a llover, aunque el cielo se veía despejado, miraba como las gotas de agua resbalaban por el cristal, como las gotas pequeñitas se unían a otras gotas y bajaban rápido hasta morir.
¿por qué no llegará? se preguntaba una y otra vez, soñaba con los cuentos que le gustaba oír, príncipes, princesas, soñaba con un beso que fuera el primero y el último a la vez.
-Tome su café.
No le salio ni darle las gracias, sus ojos estaban encharcados y cualquier contacto con otra persona le haría estallar a llorar, no existen ni las hadas, ni los duendes, ni las carrozar, ni los sueños...
No existen ni las palabras ni los recuerdos...
Cuantas promesas incumplidas, cuantos viajes a aquel bosque encantado que se quedan en nada, la luz se pierde, se va la ilusión, se acaba el amor... mi príncipe calló a manos de un horrible dragón, por eso no viene a por mi.
¿como huele un adiós? ¿a que sabe?
Se levanto al cabo de media hora de darle vueltas al café, sonrió forzosamente al camarero y se marchó. Salió con ese vestido azul que no lucia igual sin esa preciosa sonrisa, salio con su pelo suelto y sus ojos húmedos, como los troncos de los árboles de la calle, sus hojas también lloraban esa tarde.
Salió de ese bar como cuando te rompen el corazón, hundida en el dolor, rota, hecha añicos, salio como si nada tuviera ya mucho sentido, salio como cuando no puedes respirar porque el dolor es demasiado grande y abarca demasiado, no hay aire.
Pensaba en sus cuentos, en otros mundos lejanos, aventuras, pensaba en el Principito, en Peter Pan, en volar...
Llegaría a casa, se quitaría su vestido azul y se recogería el pelo.
Hay cosas que nacen y mueren en los cuentos

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